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El ciclo estival daba comienzo con la llegada de los rebaños, dura tarea la de conducir la “cabaña” , que había incrementado con las crías nacidas en invierno. Hasta el día de Santiago, se realizaban varias faenas en los aledaños del pueblo, como el “esquileo” y el marcado del ganado. A inicios de Junio se separaban los “mardanos” del resto del ganado hasta San Pedro, en que se volvían a juntar con la “cabañera” , para que se tomaran, con lo que se conseguían nuevas crías en el momento de la trashumancia.

A finales de Julio comenzaba la subida hacia los montes, lugar de pasto más fresco y abundante. El ganado subía solo y todo junto, pues ya se había diferenciado por las distintas marcas. El pastor se solía levantar al amanecer para ir a buscar agua y leña, preparándose a continuación el almuerzo; seguidamente recogía los corderos pequeños y los encerraba para que no se perdieran, volviéndolos a juntar con la madre por la noche.

En el momento de la suelta, la hierba se encuentra ya seca, pues si ésta conservaba “mojadura” se les hacía en el hígado un “bichargüelo” , llevando mala vida el animal. La cabaña se encamina hacia las alturas porque el ganado sube con el sol. Cada veinte días, o cada mes, se llevaba la cabaña a la orilla del río, para darles la sal, y para que, tras comerla, bebieran agua. La sal evitaba la ingestión de tierra, pues esto último podía ocasionar la muerte del animal.

Al aproximarse la fecha del esquileo, el ganadero separaba el rebaño por “hatos” y lo encerraba hasta el momento en que hubiera de pasar al “guache” . El local de esquileo o de tijera, debía tener el suelo de baldosa, para que pudiera ser limpiado durante el esquile. También ajustaba a los “recibidores” de las ovejas, “velloneros” o recogedores de lana, “apiladores” de ésta y “moreneros” o “carboneros” , que solían ser los zagales encargados de cubrir con ceniza las heridas accidentales en los animales al esquilarlos.

La faena comenzaba al amanecer, con el ganado totalmente encerrado, con la intención de que los animales sudasen, facilitando así la tarea de los esquiladores, como se facilitaba también el que el ganado no se hubiera mojado en fechas inmediatamente anteriores. Cada hombre venía a esquilar unas veinte ovejas al día. El punto final de la tarea era la “empega” o marcaje del ganado, realizado con pez hirviendo.

 
 

 

 
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